Máscaras
para el laberinto de la bildung
Cómo
se llega a ser lo que Ariadna es
Sueños de Ariadna
El
batir del sueño es toda mi mente.
Soy mi ritmo. Ovillo mi madeja
más y más profundo en el laberinto
para hallar la unión de los caminos,
para hallarlo antes de que el héroe encuentre
al prisionero del Laberinto,
al horror coronado de cuernos al fin
de todos los corredores, mi amigo.
Lo guío lejos. Él se arrodilla para pacer
la hierba espesa sobre la tumba
y la luz se mueve entre los días.
El héroe encuentra un cuarto vacío.
Busco mi ritmo. Bailo mi deseo,
saltando los anchos cuernos del toro.
Ursula K. Le Guin, The Twins, the Dream
Estoy
encantado, y en verdad me vienen ganas de hacer unos versos
sobre esto, aunque sean unos versos no aptos para los oídos
de todos. Hace ya mucho tiempo que he olvidado tener consideraciones
con orejas largas. ¡Bien! ¡Adelante!
F. Nietzsche, Así habló Zarathustra, “Conversación
con los reyes”
Una sombría acuática presencia ofendía...
Nadie que no fuera mujer podía mirarlo
Antonio Carrera, La construcción del espejo
"Cómo se llega a ser lo que se
es". Algunas frases musicales y algunos conceptos danzantes
acompañaron a Nietzsche durante toda su vida. En sus últimos
años en Pforta escribe un trabajo sobre Teognis que publicará tres años más tarde en
Leipzig. La Asociación Filológica en la que el joven estudiante
participaba, creada a instancias de Friedrich Ritschl, se
reunía para discutir los trabajos filológicos de sus integrantes.
El 18 de enero de 1866, Nietzsche
presenta su escrito, precisamente, una de las redacciones
del trabajo sobre Teognis. Este texto tiene como motto
aquél de Píndaro, que sería el lema de la vida de Nietzsche:
enoi enoi oios essi, que en
la Pítica II, v. 73 dice, en realidad enoi oios essi paq´vn: “llega a ser como aprendes a ser”. Los jóvenes
aprobaron el trabajo leído, y Nietzsche decidió presentarlo
a Ritschl. Un mes después, el maestro lo convoca y le pregunta:
“¿A qué fin destinó usted este trabajo?". Después de
las explicaciones, Ritschl felicitó efusivamente a Nietzsche.
Después de esta escena, nos dice Nietzsche “mi autoconciencia
no conoció más límites”. Fue en ese invierno cuando Nietzsche
conoció El mundo como voluntad y representación,
de Schopenhauer. Convertirse en lo que se es es la promesa
de Nietzsche en la Tercera Intempestiva, cuyo título es
“Schopenhauer como educador”. ¿A qué fin destinó Nietzsche
su trabajo juvenil sobre Teognis? Según sus palabras, al
asco y al rechazo. ¿A qué fin destinó Nietzsche el lema
de Píndaro? A atravesar toda su obra, donde lo veremos repetido,
pensado, trabajado y gozado, una y otra vez. Cómo se llega
a ser lo que se es.
Cada cual escribe para sí. La tercera
conferencia de Nietzsche en la Asociación Filológica (enero
de 1867) estuvo dedicada a las fuentes de la filosofía antigua.
En ese texto, Nietzsche toma como base el libro de Valentin
Roses sobre Aristóteles. De este libro tomó Nietzsche, una vez más, un motto,
“cada cual escribe para sí”, y una y otra vez,
lo puso como un emblema de sus ideas: he escrito para mí
mismo, nos dice, de diferentes maneras. Para todos y para
nadie, pero sí para mí. Es posible que a lo largo de nuestra
vida escribamos y reescribamos sobre una o dos ideas, que
nos obsesionan, nos convocan, nos hieren, nos aman. Cada
cual escribe para sí.
Llegar a ser lo que se es, devenir
lo que se es: aquí está la idea de Bildung,
recreada por Nietzsche. Esta es la transvaloración del sapere
aude kantiano. Hay que tener paciencia, constancia
y energía para devenir lo que se es. Su conciencia no le dice a Nietzsche
que se libere de cadenas, como proclama Kant, sino que esa
conciencia vocea: “debes volverte lo que eres”. Y la conciencia de Nietzsche es la conciencia
detrás de la conciencia, el escalpelo del genealogista,
la máscara del desenmascarador de conceptos momificados.
Porque los que conocemos, somos desconocidos para nosotros
mismos. Pero ésta no es una elección, Nietzsche
no buscó, oyó, y cultivó la paciencia. A este mundo le puso
Nietzsche una máscara más. Se alejó de él, puso distancia,
habituó el ojo a la calma y a la paciencia del animal de
caza. No dejó que los dioses se le acercaran demasiado,
se retiró muchas veces de su cercanía. Los acechó. No reaccionó
fácilmente a su estímulo, hizo de su decisión una decisión constantemente
diferida, constantemente enmascarada, generadora de deseo,
deseante ella misma. Habituar el ojo a la paciencia, esperar
que las cosas se nos acerquen, esperar como espera el animal
que caza a su presa, esperar como esperamos que se aclare
la imagen borrosa y difusa que aparece a lo lejos. Un acercarse
que es apertura de la cosa, y que es, finalmente, el acercarse
de la cosa misma. Esperar pacientemente que el estímulo caiga a los pies de la danza
hipnótica de la sabiduría de la serpiente. Llegar a ser
lo que se es.
Convertirse en lo que se es. Zarathustra
pide miel para hacer la ofrenda en la alta montaña, pide
miel a sus animales. Pero luego, ya solo, se dice a sí mismo
que todo lo que quiere es un cebo dulce y viscoso, grato
a osos gruñones y a pájaros extraños. Zarathustra es, también,
un pescador de hombres. Y busca un cebo. Alado animal, Zarathustra se pone en
camino hacia las colmenas del conocimiento. Ha decidido “llevar algo a casa”.
Siete días dura la enfermedad de Zarathustra en "El
convaleciente" y siete años tenía Nietzsche cuando,
cuenta, perdió su infancia. Nos lo cuenta en El viajero y su sombra y nos
lo relata en Ecce homo. Luego, la convalecencia,
toda la vida , “también de la larga enfermedad que es la
grave sospecha, se regresa como recién nacido, desollado, más
susceptible, más maligno, con un gusto más delicado para
la alegría, con una lengua más tierna para todas las cosas
buenas, con sentidos más alborozados, con una segunda inocencia
más peligrosa en la alegría, más infantiles a la vez, y
cien veces más refinados que todo lo que jamás se fue antes.” La enfermedad de Nietzsche como transvalor
de la incólumne salud de Platón. Convertirse en lo que se
es.
Transfórmate en el que eres. “Todos
nosotros sabemos, algunos lo saben incluso por experiencia
propia, qué es un animal de orejas largas[...]”. Ser el antiasno, un monstruo en
la historia universal, en esa historia occidental
que se presenta como la historia, como la única historia:
ser un antiasno es transformar la Bildung,
es negarse a las orejas largas, es ser el Anticristo. El
asno es un animal de carga, como el camello, pero el asno
tiene, además, las orejas largas, desensibilizadas, hipertrofiadas.
La crítica a la superioridad que la Bildung occidental
asignaría al papel del intelecto por sobre los sentidos
toma forma de manera inquietante y dramática en estas orejas
largas, que, igual que los lemas de los que estamos hablando,
se encuentran en toda la obra de Nietzsche, repetidas una
y otra vez, cantadas para oídos pequeños, una y otra vez.
Deberemos transvalorar la Bildung, canta Nietzsche, transformándonos
en lo que somos.
(Wie man wird, was man ist. “[...] Sin voluntad, por una necesidad
despiadada, estoy arreglando cuentas con los hombres y las
cosas, imponiendo ad acta todos mis ‘hasta ahora’. Casi
todo lo que hago en este momento es dar un trazo final.
La vehemencia de mis oscilaciones interiores fue espantosa
en los últimos años; de ahora en adelante, para pasar a
una forma nueva y más elevada, preciso en primer lugar una
nueva extrañeza, una despersonalización todavía mayor. Para
eso es esencial que sepa qué y quiénes me quedarán.
¿Qué edad tengo, al fin y al cabo? No sé: tampoco podría decir hasta
qué punto todavía soy joven. [...] se quejan de mi ‘excentricidad’.
Pero precisamente no
saben dónde está mi centro [...] [Viví] una experiencia
peligrosísima: [pero no sucumbí] a ella, y sé qué sentido tuvo para mí -fue la
prueba suprema de mi carácter. Poco a poco, lo que hemos
vuelto hacia el interior nos disciplina hasta encontrar
nuestra unidad: esa pasión a la que durante mucho tiempo
no se le podría encontrar nombre, nos salva de todas las
digresiones y de todas las discusiones, esa tarea de la
que uno es el misionero involuntario.”
“Viví, pretendí y quizá también logré,
y se ha hecho necesaria cierta violencia para alejarme y
separarme de eso.¡ Pero qué importa que se engañen respecto
de mí! Lo peor sería que eso no ocurriese -me haría desconfiar
de mí mismo.” Wie man wird, was man ist).
Cultivarse a sí misma. A veces somos
nuestros propios laberintos. Dejarse armar como orejas gigantes
colgadas de cuerpos pequeños, oír hablar y hablar, oírlo
todo con dos oídos monstruosamente abiertos, dos orejas
enormemente largas. O formarse. Ariadna debía recorrer el
Laberinto. Un hilo no bastaba, porque no hay hilos, sino
sus interpretaciones. No hay sujeto, sólo devenir y póiesis
de la interpretación. El carácter escindido del yo (¿cuándo
podremos prescindir del viejo yo?) llega a su más extrema
radicalización y rechazo en la filosofía de Nietzsche. Y
si la Bildung es la formación de la reconciliación
del sujeto consigo mismo, y si la condición del superhombre
es la escisión, la Bildung ha muerto. Ariadna necesita
orejas pequeñas, para escuchar que
Dyonisos es su propio laberinto. Y el resultado del
desenmascaramiento no es el descubrimiento de la verdad
de las cosas, sino que es el propio proceso interpretativo
en toda sus fuerzas. Ariadna, para ver a Dyonisos, debe
colocarse con esmero una máscara sobre su máscara. Cultivarnos
a nosotras mismas.
¿Sólo se puede llegar a ser lo que
se es? .Nietzsche combatió el historicismo de la Bildung
de su época, desplegado en la temporalidad del texto como
objeto y en la dominación del papel asignado a las humanidades.
Pero en ese momento, Nietzsche siguió a tientas un hilo,
dedujo donde podía adivinar. Los mares terribles ya estaban
en él, pero sólo sobrevendrían a su boca años después. La
Bildung ya había muerto. Pero sus sombras
aún vivían en Nietzsche. Para llegar al Minotauro se debe
tener oídos pequeños. Pero Teseo no tiene oídos pequeños.
Él es un hombre superior, un héroe, él tiene propósitos
superiores. Los héroes y los hombres superiores tienen cargas
pesadas, una de las cuales es llevar a la humanidad a la
perfección. El Minotauro, al ser vencido por Teseo, logra
su victoria. Sólo un decadente hombre superior es capaz
de matar a una bestia cuya casa es el Laberinto. El hombre
superior se pone la máscara de la moral llamada “conocimiento”
y así escondido, cobarde y tenaz, mata la danza y la risa.
El hombre superior es un hombre serio, finalmente. Sólo
se puede llegar a ser lo que se es.
Ariadna, en tanto que ayudante de Teseo,
es la imagen del resentimiento. Contra su hermano el Minotauro,
contra la vida como afirmación. Contra ella misma como transvaloración.
Las hermanas no han sido una figura agradable en la vida
de Nietzsche. Pero Dyonisos ama a Ariadna. Y Ariadna teje
su propio destino, ella tiene el hilo. Los hilos sirven
para anudarse, para cortarse, para seguirlos (en los laberintos,
en los textos), y también para ahorcarse con ellos. Ariadna
debe morir. Y el hombre superior abandona el barco. Siempre
que el barco se hunde, los hombres superiores lo abandonan.
En este momento de decadencia, en este ocaso, Dyonisos se
aproxima. Es de esta Ariadna de la medianoche, de la oscuridad, del declinar de la
tarde, de la necesidad de morir para vivir, de quien se
enamora Dyonisos. Ariadna ya no necesita un hilo de araña,
porque Dyonisos es su laberinto. “Ariadna: te amo. Dyonisos”,
es la misiva enviada a Cósima Wagner en enero de 1888. Una
máscara más. La misiva. Cósima, Ariadna. Nietzsche. Dyonisos.
Un hombre laberíntico no busca la verdad, busca a su Ariadna.
La propuesta de Bildung
de Nietzsche será un canto afirmativo de negación y de transvaloración.
Transvalorar el mundo platónico, transvalorar los dos mundos,
y afirmar plenamente éste, el único mundo. Porque el problema
no radica en irse de casa, sino en regresar a casa, llevando
algo en las manos, quizás, incluso, el viejo ataúd desvencijado,
con las junturas rellenas de algo dulce. Se regresa a casa
por el camino que jamás se olvidó, con la memoria que construyó
el olvido más tenaz. El hijo engendrado por Dyonisos y Ariadna
regresa a casa, después de atravesar su formación. Pero
esa formación no podrá ser ya nunca la de los últimos hombres,
no podrá ser la de los héroes, ni la de los sapientes, ni
la de los doctos y tantos otros “sabios mal criados que
pueblan el país de las ciencias”. Esa Bildung transvalorada
sólo puede ser música, danza, risa, máscara. Esa Bildung
musical se realiza “a pesar de”, y es una formación de “quizás”:
el filósofo artista es un gran desensamblador, y antes que
nada, desensambla su propia conciencia, encontrando allí
todo lo humano. Formación de ficciones poiéticas, realizada
a través de ficciones poiéticas, que da como múltiples resultados
la multiplicidad de conceptos provisorios del nuevo arte
de la educación entendida como transvaloración.
Zarathustra sube a la montaña, para
transformarse en el que es. Pero este “es” es deviniente.
Zarathustra lo sabe. ¿Podemos acompañar a Zarathustra? No.
Zarathustra habla para nadie, no habla para nosotros. Zarathustra
no da nada, su ofrenda de miel es un cebo, pero no le interesa
pescar. No se pesca en la alta montaña. Quizá Zarathustra
ha ido a pescar risa, él no es un pescador de hombres, él
es un pescador de risa, de danzas, de máscaras. Quizá pueda
pescarlos con algo pegajoso. Cada uno deberá rastrear en
sí mismo su propia pegajosidad, hundirse en su cuerpo, hundir
el cuerpo en la tierra. Llorar. Y luego reír hasta las lágrimas.
El lodo no es dulce, pero es pegajoso. Por algún lado se
debe comenzar.
Cada cual escribe para sí. Elegimos
a los oyentes, y ponemos distancia con los demás. Las orejas largas se alejan o se acercan,
las orejas pequeñas se acercan o se alejan. El estilo acecha
y no es permeable a cualquier estímulo. Las orejas pequeñas
tampoco. Los problemas profundos exigen el juego del baño
helado: entramos y salimos rápidamente de él, es un juego
de superficies. Hay que ser lo suficientemente superficiales
para ser profundos, y tener los oídos lo suficientemente
pequeños para escuchar los matices. Todos, de alguna manera,
somos asnos, cultivar orejas pequeñas es la tarea.
Sólo las orejas grandes mastican y digieren todo. Las orejas largas son orejas de asno,
pero engullen como cerdos. Y a todo dicen sí. Esas orejas
son pesadas. Mejor desprenderse rápidamente de ellas. Cada
cual escribe para sí.
Los oídos deformados luego de años
de escucha pasiva debieran ser rotos, aprender a oír con
los ojos no parece una mala propuesta para una Bildung
transvalorada. Muchas veces no ser comprendido es, simplemente,
no ser la boca para esos oídos. ¿Quién tiene oídos para oír estas cosas? Transvalorar la mirada platónica es tarea
para bailarines ágiles, buceadores de superficies, frugales
y aviesos y rápidos escritores que se deslizan sobre el
hielo. Máscaras que no olvidan su cuerpo. Astutos acechadores
de matices diferentes. Acechadores como Eros. Y en este
sentido, toda la filosofía de Nietzsche es una filosofía
erótica. Todo lo que es profundo ama su máscara. Toda la filosofía de Nietzsche es una
filosofía erótica. Y esta filosofía erótica y erotizante
fue escrita por una mujer que nació hace 156 años y que
murió hace 100 años, una Ariadna de orejas pequeñas. El
nombre de esta mujer, una de cuyas máscaras fue la de un
macho, Dyonisos, es Friedrich Nietzsche. Coloquemos la máscara
con cuidado, una vez más.
Podría haber sido otro momento histórico. Pero fue éste.
Podría haber sido una conferencia para otro encuentro, para
otras Jornadas. Pero fue para éste, pero fue para éstas.
Podría haber sido otra persona. Pero soy yo. Estas pocas
frases que parecen absolutamente sencillas y hasta, quizá,
anodinas, me sumergen en un grado de perplejidad y complejidad
tales que todo lo que suelo escribir después de pensarlas
me convencen de que el pensar de búsqueda que caracteriza
a los investigadores es, probablemente, para definirse como
tal, eminentemente un pensamiento de crisis y para la crisis.
Estoy escribiendo acerca de un problema que me convoca
y me problematiza, y desde un pensamiento erótico (el de
Nietzsche) que me erotiza. Estoy escribiendo acerca de este
problema en un momento histórico determinado, el año 2000,
que avanza hacia nuevas miradas, una y otra vez, una vez
más. La que escribo soy yo, parece claro. Pero nada de esto
me resulta claro. La historicidad en la que vivo y con la
que convivo está relatada desde la crisis, desde un transcurrir
de rupturas, separaciones y llamados a la decisión. ¿Cuáles
son las categorías que elegiremos para relatar esto que
nos sucede? ¿Quién, verdaderamente, escribe esto que escribo?
“Yo” es una palabra demasiado fuerte para describir momentos
de transición. ¿Dónde se situará este “yo” para no caer
en la contradicción a la que, ineluctablemente, parece despeñarlo
la férrea lógica de los opuestos? (¿Despeñarlo? ¿O debo
decir “despeñarla”? ¿Se me permitirá predicar de “yo” un
adjetivo femenino?) Quizá,
parafraseando a Nietzsche, decir “ello” ya resulte fuerte,
dogmático, y aferrado a una civilización, la occidental
y cristiana, que está cayendo a pedazos. ¿Cómo, entonces,
intersecar los planos del relato que nos constituye haciendo lugar
a la voz de la crisis?
¿Desde dónde pensar la educación, la filosofía y la Bildung
(si es que realmente son tres “cosas”) transitando el siglo
XXI, momento en que se está cuestionado el sujeto-suelo
en el que creció una civilización sostenida en valores que
se muestran decadentes
y obsoletos frente a la necesidad de nuevas respuestas,
y, sobre todo, frente a la formulación de nuevas preguntas?
Quisiera terminar provisoriamente estas
pocas palabras parafraseando a Clarice Lispector:
“En el mundo todo
comienza con un sí, pero que nadie se engañe, la simplicidad
sólo se consigue con mucho esfuerzo, y no hay una palabra
sola que la signifique. Está claro que la historia es verdadera
aunque sea inventada. Algunas existencias vagas y delicadas
sólo pueden ser captadas con simpleza. No soy una intelectual.
Escribo con el cuerpo. Con la oscuridad del cuerpo. “No.
No es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Pero saltan
chispas y astillas como aceros pulidos”.