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DAVID
ALEJANDRO RAMÍREZ PALACIOS
Historiador, Universidade Nacional
de Colômbia, Mestrando em Geografia Humana na Universidade de
São Paulo

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La historiografía ambiental
y la cuestión de la naturaleza
David Alejandro
Ramírez Palacios
La Era de la
Ecología
La era nuclear, la
posibilidad concreta de desatar una fuerza capaz de destruir todo
rastro de vida en la Tierra, hizo detonar una preocupación popular
mundial sin precedentes por la ecología. El descubrimiento posterior
de los efectos ambientales de los pesticidas y de la explosión
demográfica y de la fragilidad de la cubierta vital de la Tierra en
las primeras fotografías tomadas desde el espacio, vinieron a
reforzar lo que ya se constituía en movimiento social, moral y
político de envergadura.
Este primer
descubrimiento de la vulnerabilidad de la vida en la Tierra
«maduró», según Donald Worster, hacia una empresa académica que
intenta comprender las múltiples interrelaciones entre las
sociedades y la naturaleza.
Para Worster, uno de los fundadores de lo que desde entonces se
conoce como «historia ambiental»,
esta estudia la manera en que la naturaleza, «aquello que no
hemos creado», «el mundo no humano», incide en la vida de los
seres humanos como estimulo de reacciones, defensas o ambiciones. El
medio social y el medio artificial, por otra parte, en tanto de
construcciones, deben ser excluidos de este ámbito «natural».
De tal manera, el
historiador del ambiente se ocupa, siguiendo a Worster, de tres
tipos de problemas: debe, primero, tratar de comprender la propia
naturaleza en sí misma, en ausencia del hombre; luego, debe
estudiar los aspectos socioeconómicos de la relación entre sociedad
y naturaleza, es decir, la manera en que se producen «bienes» a
partir de «recursos naturales»; y, por último, debe atender
cuestiones de tipo «puramente mental», esto es, referidas al poder
de las ideas de naturaleza y sus consecuencias ambientales.
La versión de John
McNeill sobre la naturaleza y la historia ambiental no dista mucho
de la anterior.
Se trata de nuevo de estudiar las múltiples relaciones entre la
naturaleza y los seres humanos, cuya excepcionalidad como especie es
explicada en términos de su mayor impacto o influencia sobre los
ecosistemas, es decir, sobre su «contexto» biológico y físico.
En un esquema similar
al anterior, McNeill postula la existencia de tres tipos de
historiografía ambiental: material, cultural-intelectual y política.
La historiografía ambiental material se preocuparía por la
manera en que los cambios en los ecosistemas afectan a las
sociedades humanas, para lo que tendrían que tenderse «puentes
intelectuales» entre las ciencias sociales y las naturales. La
historiografía ambiental cultural-intelectual, a su
vez, estudiaría el impacto ambiental de las ideas, o sea, de las
«representaciones» o «imágenes» que se hacen las sociedades de la
naturaleza a partir de la base material ecosistémica. (No sobra
decir que este tipo de historiografía ambiental, concentrada en las
ideas, es, para el autor, significativamente inferior a la anterior,
enfocada en los hechos.) Por último, una historiografía
ambiental política se encargaría del estudio de las
relaciones entre la naturaleza y las leyes y las políticas de
Estado, siendo el Estado-nación su unidad fundamental de análisis.
En cuanto a los temas
abordados por la historiografía ambiental, McNeill sostiene que
aquellos relacionados con compromisos político-morales han dejado de
existir en la medida en que su progresiva «sofisticación científica»
la ha llevado a ser cada vez más «neutral». Tal enfoque neutral ha
permitido por ejemplo, dice el autor, demostrar que las sociedades
indígenas –y de paso las comunistas-, tenidas por los
«izquierdistas» como paradigma de armonía ecológica, son capaces de
manipulación ambiental a gran escala; o, en contraposición a los
enfoques decadencistas, afirmar que el capitalismo no tiene
nada de funesto, sino que al contrario, puede jactarse de «éxitos
ambientales» como la provisión de agua potable para millones de
personas y el mejoramiento de la calidad del aire urbano en el mundo
industrial desde 1940. (!)
El naturalismo
y la naturaleza construida
En ambos casos, la
enunciación del objeto de estudio de la historiografía ambiental se
fundamenta en una rígida distinción, que, aunque naturalizada
y en consecuencia casi desapercibida, ejerce una fuerza constante:
aquella entre «sociedad» y «naturaleza», en la que esta es concebida
como una especie de «contexto físico biológico, exterior,
aparte, no creado, que incide en la vida de los seres humanos y que
es susceptible de ser conocido en sí mismo».
En las últimas
décadas, sin embargo, tal distinción ha empezado a ser cuestionada
desde diferentes flancos, principalmente desde la antropología y los
estudios culturales, quienes han constatado, de entrada, que tal
dicotomía no es, ni mucho menos, universal. El antropólogo
francés Philippe Descola, por ejemplo, en su estudio sobre los
indígenas achuar de la amazonía ecuatoriana,
ha podido determinar que estos le otorgan a determinados aspectos de
lo que entendemos como «naturaleza» atributos «de tipo humano» como
alma, conciencia, intencionalidad, emociones y lenguaje.
Así, «para escapar
del etnocentrismo propio de los estudios sobre las relaciones entre
la sociedad y la naturaleza», Descola intenta una tipología
de los posibles «modos de identificación», de «definición de las
fronteras de sí mismo y del otro» o de «continuidad y
discontinuidad», entre humanos y no-humanos, «tal y
como estas se expresan en los esquemas mentales que gobiernan y dan
sentido a la práctica del mundo y de la alteridad».
En esta tipología, el
naturalismo, la rígida separación entre sociedad y naturaleza
en ámbitos ontológicos específicos, deja de ser el referente básico
de análisis y percepción de los diferentes modos de identificación
existentes, para pasar a ser considerado como apenas uno de los
posibles, aquel propio de la modernidad occidental.
Desde este punto de vista, por ejemplo, sería excesivamente
etnocéntrico afirmar, como Worster, que todas las sociedades
«producen bienes a partir de recursos naturales».
Sin duda, tanto
Worster como McNeill (y por supuesto Descola) reconocen hasta cierto
punto la existencia modos de identificación diferentes al propio, y
explican esta posibilidad en términos de la participación de ciertas
«ideas», «imágenes», «reflejos» o «representaciones» (como Descola
advierte, casi siempre consideradas falsas) tenidas por las
sociedades a partir de un referente material conocido como
naturaleza o realidad portadora de significados intrínsecos,
una y universal, que se manifiesta de diferentes
maneras (selva, montaña), generando en consecuencia diferentes
formas de organización social y, por extensión, diferentes ideas.
Subyace, en el fondo,
una dualidad más, simétrica a la anterior: la dicotomía
realidad-conciencia, en la que esta última no es más que una
«imagen», «reflejo» o «interiorización» de los «significados
intrínsecos» propios de ciertas condiciones materiales reales
que, aunque pueden ellas mismas verse afectadas por tales ideas,
detentan, en última instancia, la primacía causal de las otras. En
efecto, se trata del viejo modelo dicotómico y objetivista de la
historia social según el cual
las sociedades humanas están compuestas
por una esfera objetiva –socioeconómica-, y por una esfera subjetiva
o cultural, que deriva de aquella, y que, por lo tanto, la
conciencia y las acciones de los individuos están determinadas
causalmente por sus condiciones sociales de existencia.
Ciertas ramas de la
antropología y de los estudios culturales han señalado graves
deficiencias en esta manera de comprender las posibles relaciones
entre realidad y conciencia e incluso han cuestionado la validez
general de estos esquemas dicotómicos.
Para el antropólogo
Arturo Escobar, por ejemplo, conviene distinguir entre cierta
«realidad biofísica», «prediscursiva» y «presocial» con estructuras
y procesos propios, y por otro lado una naturaleza, construida,
derivada de procesos discursivos y de significación.
La dicotomía realidad-conciencia es reemplazada entonces por la
triada realidad-discurso-conciencia, en la que el discurso
constituye el cuerpo coherente de categorías mediante el cual en una
situación histórica dada los sujetos dan sentido e incorporan la
realidad a la conciencia, de donde se concluye que lo que condiciona
las prácticas –en este caso las relaciones con el ambiente- no es la
existencia material de la «realidad biofísica», sino su
existencia significativa (como «naturaleza» en el caso
occidental moderno o como «compañeros sociales» entre los achuar).
Desde esta
perspectiva, no sólo es imposible un estudio de la naturaleza «en sí
misma», como pretende Worster, sino que resulta a todas luces
ilícito un análisis socioeconómico de las relaciones entre el
referente biofísico y la sociedad que prescinda del estudio de la
mediación discursiva o cultural que vincula las dos esferas; de
igual forma, la cultura debe ser entendida como algo más que
un mero reflejo o interiorización de las condiciones materiales para
pasar a ser considerada como el conjunto generativo de referentes
categoriales que ordena y da sentido al referente presocial y lo
convierte, por caso, en naturaleza. La naturaleza, entonces, se
convierte en un medio social y artificial, creado, construido en
tanto que entidad significada, y a partir de entonces, vinculada a
la historia.
Conclusión
¿Qué repercusiones
tienen estas consideraciones sobre la naturaleza y sobre su
vinculación mediada con la historia en cuanto al problema central de
cómo relacionarnos con ella sin destruirla? Escobar, en su «ecología
política antiesencialista», propone una «síntesis biocultural» entre
los regímenes de naturaleza más orgánicamente integrados y las
nuevas tecnologías de la vida como el camino hacia nuevas formas de
hibridación de lo biofísico, lo cultural y lo tecno-económico que
sean más justas y sostenibles que las vigentes.
No deja de ser un
derrotero atractivo, pero el problema sigue sin resolverse. La
cuestión de la naturaleza no debe ser atendida sólo a nivel
epistemológico o académico, sino que debe ser planteada como un
problema político e incluso moral. Sigue estando en juego, y ahora
más que antes, no sólo la supervivencia de la especie humana, sino
la del organismo Tierra. La misión histórica de esta generación no
sólo es encontrar nuevas formas sostenibles de relacionarnos con la
naturaleza, sino detener el desastre ambiental y hacerle frente a
sus efectos, muchos de ellos ya irreversibles. Los historiadores
ambientales son cada vez más conscientes de la particularidad de la
concepción occidental moderna de naturaleza, y los alcances en
términos ambientales de tal concepción son cada vez más patentes.
Por otro lado, sabemos ahora de la existencia de múltiples regímenes
de naturaleza de todo el mundo diferentes al naturalismo dominante.
Un proceso de cambio
de las dimensiones demandadas por la magnitud de la tarea no puede
menos que empezar por buscar allí las fuentes de sus nuevos
referentes.
Bibliografía
CABRERA, Miguel Ángel
(2001): Historia, lenguaje y teoría de la sociedad, Madrid:
Cátedra.
McNEILL, John (2005):
“Naturaleza y cultura de la historia ambiental”, en: Nómadas,
Bogotá, N° 22, pp. 15-25
WORSTER, Donald
(2000a): “La Era de la Ecología”, en: Worster, Donald,
Transformaciones de la Tierra. Una antología mínima de Donald
Worster, Panamá, p. 6-12
_______, (2000b):
“Haciendo Historia Ambiental”, en: Worster, Donald,
Transformaciones de la Tierra. Una antología mínima de Donald
Worster, Panamá, p. 27-42
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