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RAQUEL RIVERO
Pedagoga y Docente del Centro Regional de Profesores del Centro,
Florida, Uruguay.
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Celebración del Encuentro: la praxis pedagógica
pensada desde el film Memorias de Antonia
por Raquel
Rivero
Introducción
(...) Alondra de
mi casa, /ríete mucho.
Es la risa en tus
ojos /la luz del mundo.
Ríete tanto /que
mi alma al oírte
bata el espacio.
Tu risa me hace
libre, / me pone alas
Soledades me
quita, /cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en
tus labios/ relampaguea (...)
Miguel
Hernández
Cada nueva generación es portadora de
esperanza. ¿Podremos dejar el discurso del “nada se puede” por el de
la esperanza?
¿Podremos salir del escepticismo y
construir nuevas ventanas para volver a mirar?
Un ejemplo desde la docencia y la
investigación, lo encontramos en Paulo Freire. Después de una vida
azarosa y profundamente comprometida con la educación, Paulo Freire
dialoga con la Pedagogía del oprimido (1970) desde la
Pedagogía de la esperanza (1992). No se trata de
amnesia sino de memoria; somos desde todo lo vivido, con las
marcas anteriores, pero desde encuentros habilitadores con los
otros (G. Frigerio, 2005).
¿Podremos pensar otras formas
institucionales que las que vivimos? ¿Podremos salir del mandato
original y coyuntural del nacimiento de la escuela moderna, para
recrear su sentido y recrearnos como sujetos?
Elegimos el film holandés Memorias
de Antonia para pensar la educación hoy. Como toda elección, no
tiene nada de arbitraria.
Este film es como un himno a la vida,
a la esperanza de poder educar sin maniatar, sin cerrar puertas, sin
clausurar preguntas y posibilidades. De alguna manera invitamos a
vivir esa experiencia.
En esta oportunidad, nos proponemos
pensar la relación pedagógica, la praxis a sostener con los recién
llegados, desde las instituciones que forjamos para ser,
aunque creemos saludable transformar en objeto de interrogación,
cómo estamos siendo hoy en las instituciones educativas.
Cuenta Norma Barbagelata (2006: 68)
que Paracelso pidió un discípulo a los dioses y se negó a ser
maestro de quien esperaba todas las respuestas de él. Ese es el
mensaje que nos deja la película y decidimos tomarla como
herramienta para pensarnos como educadores.
Consideramos que la educación se
interna en el misterio del otro, en las posibilidades imprevistas
que ofrece la relación pedagógica, en la aventura de conocer y
amanecer a sentidos inéditos. La relación que sostenemos los
docentes con el conocimiento incluye siempre a un otro. O debería.
Pensar en ello nos permite el libre
juego de explorarnos a nosotros mismos: “… no existe la posibilidad
de conocer si no me pongo frente a algo enigmático, misterioso. No
hay conocimiento posible si no hay extranjeridad” (Frigerio; 2005).
Aprender eso de nuevo, frente a esta
obra de arte, constituyó una experiencia revolucionaria. Desde ese
suceso, organizaremos las reflexiones.
Uno: la película
De origen holandés y dirigida por
Marleen Gorris, el film juega con la posibilidad infinita que
tenemos los seres humanos de alojar a otros, adentrándonos al mismo
tiempo en su extranjeridad inacabada, y en la propia, que nunca es
totalmente conocida.
Su personaje principal, Antonia,
ofrece con honda sencillez un hogar, que multiplica las
posibilidades de ser habitado por los otros. ¡Cuántos! Todos. Pero
también se arroga el derecho de cerrar sus puertas al odio, al
desamparo, a la clausura del otro.
Hay en la obra, una suerte de danza
de recién llegados, con la música que propone Antonia y que cada uno
sigue componiendo desde todo lo que es. Ella deja abierta la
composición: sabe hacer silencios, sabe intervenir.
La vida en la pequeña granja se
organiza alrededor del trabajo, la solidaridad y el amor. Todos
pueden. No hay nadie que no ofrezca su condición humana para
construir la mesa, símbolo de alimento y reunión en medio de una
naturaleza pródiga y amplia. Todos encuentran amparo y amparan.
Todos pueden amar y ser amados, cada uno desde el pequeño regalo que
tiene para ofrecer a los demás, desde sus singularidades; aprenden y
enseñan la vida.
¡Parece tan simple! Pero se requiere
de un gesto habilitador: en este caso, el de Antonia quien para
nosotros es la institución, en su más profundo sentido; luego se
extenderá ese espacio a la granja.
Allí nadie pierde su nombre ni sus
multitudes. No hay diagnósticos que se conviertan en pronósticos
clausurantes (Frigerio, 2005). La pluralidad se juega y
despliega en cada uno. Antonia no espera nada; aquí está el don:
desde la institución como lazo que nos hace un lugar en el mundo, la
entrega se vuelve natural y genera más entrega. Asombra la forma en
que cada uno realiza su sueño y su vida, en medio de una aldea que
no lo tenía previsto. La voz en off dice algo así como tenían tan
poco que ver con el pueblo, que las aceptó, refiriéndose a la
protagonista que llega con su hija adolescente.
La pequeña aldea no tenía prevista la
libertad, la compasión, la emancipación. Pero finalmente, se entrega
(?) al amor, a través del respeto traducido en dejar ser y en luchar
contra la injusticia, al menos por parte de algunos miembros de él.
Lo vemos en el gesto inaugural de Antonia al dejar al niño “burlón”
suspendido del árbol, mientras permite que vaya tras suyo “Labios
locos”, quien había sido agredido; en el destino que se le da al
violador de la niña; en el sacerdote que feliz abandona un camino
para entregarse a otro de amor y trabajo social; en el granjero Bass
que se integra con sus hijos a la gran familia naciente de Antonia.
Lo instituido cede paso a lo
instituyente (Sanjurjo y Vera; 1998: 55- 68), pero el juego
límite-oportunidad sigue su curso. No es el todo vale pero tampoco
es la clausura de lo nuevo ni de los nuevos.
¿Podremos decir los educadores que
no podemos hacer nada porque las condiciones institucionales están
dadas? En el pequeño pueblo donde nació Antonia también estaban
“dadas”, sin embargo se pudo hacer y mucho, en aras de hospedar a
los jóvenes y de ofrecer un lugar pleno para las realizaciones
personales. Hubo que construir más allá de lo dado.
Antonia trabaja la tierra y esto no
es mandato para nadie, lo hace quien lo desea. Eso no es impedimento
para la búsqueda de otros destinos: su hija estudia en una escuela
de arte, su nieta sigue una carrera universitaria, y cada uno sigue
ligado por lazos que son límites y oportunidades al mismo tiempo.
Más allá de la granja y la pequeña casa de “Dedo torcido”
(amigo-hermano entrañable de la familia), es otra historia, con la
que también hay que vérselas, pero sin embargo no determina
las oportunidades de la casa.
Se nos ocurre pensar la escuela _ en
sentido genérico_ desde esta propuesta cultural.
Dos: estudiantes, educadores,
escenarios
¿Hay espacios durante la formación
docente para trabajar el profundo sentido humano que implica educar
a otros? Creemos que no, y basamos esta afirmación tanto en nuestra
experiencia, como en investigaciones acerca de las culturas
hegemónicas que se dan en los centros de formación docente (M.C.Davini;
1997, J.Delval; 1999, O. Sanjurjo y T. Vera;2000, entre otros).
En el caso particular de la formación
de profesores para educación media, creemos naturalizada una
modalidad de cultura institucional que remite sin más, al
conocimiento de la asignatura, más allá de los discursos. Sin duda
es necesario amar ese recorte de cultura que se elige: historia,
física, lengua, biología, o cualquier otra. Pero eso no basta para
ser educador.
Elegimos adentrarnos en la
profundidad de los análisis de J. Bruner (1999), de P. Freire(2000),
de E. Dussel (1977), para dar cuenta una vez más de las
complejidades de la tarea educadora. Bruner (1999: 10) invita a
pensar la educación como la tarea de crear un mundo que dé
sentido a nuestras vidas, a nuestros actos, a nuestras relaciones.
Ya mucho antes, P.Freire (2000) proponía una educación como praxis
liberadora, como proceso de transición de conciencias de lo
mágico-ingenuo a lo crítico. El mismo implica construir con
los educandos _ y no para ellos_ una pedagogía que promueva el
ser más, problematizando todo aquello que hemos construido como
cultura. El autor centra su propuesta en el necesario
pronunciamiento del mundo, de aquellos que han sido
históricamente silenciados. Para ello el educador tiene que
partir de lo que el educando es y sabe, de su lenguaje-pensamiento,
de su sensibilidad y modos expresivos.
¿Exploramos esto en las instituciones
educativas que forman a los futuros educadores? Porque no es una
novedad para nadie que las biografías escolares se repiten,
dramáticamente, para el caso en que nada de esto se tuvo en cuenta.
Sabemos que quienes optan por la
formación docente, de alguna manera se reencuentran con su
escolaridad. El tema es que la manera en que lo hacen debería ser
objeto de profundo trabajo durante la formación de grado, y no lo
es.
También sabemos que la vocación se
construye, así como el sujeto, en las condiciones de existencia que
ofrece el espacio cultural y material en que vive (P Riviere; 1985:
10-17), si es objeto de trabajo. Pero resulta que este
fenómeno de la “elección” de la docencia en situaciones de desamparo
laboral y académico en el caso de muchos jóvenes que ingresan al
profesorado, es sólo una parte del problema. Porque prontamente
estarán es sus aulas los recién llegados. Y estarán muchas veces con
su única o última oportunidad
(Baquero, 2002) de ponerse en contacto con parte de la poesía, la
ciencia, la matemática, la historia, la música, la educación física.
Y que estos productos culturales se transformen en objeto de su
deseo, que se constituyan verdaderamente en un objeto transicional (Frigerio;
2004: 11-36), profundamente significativo para el docente, y, a
través de la mediación pedagógica para el alumno, es un reto
insoslayable.
Insistimos en que se supone
erróneamente que la vocación de enseñar está. ¿Nos
preguntamos si puede estar, y antes, qué es?
Sostendremos que el vínculo entre amor y pedagogía no puede pensarse
desentendido de un modo de considerar la educación (trabajo político
y arbeit psíquico), con efectos en el sujeto y en las sociedades.
Toda transmisión se sostiene en una relación de amor de
transferencia que en los encuadres de trabajo hace de la abstención
su regla. (Frigerio; 2006:29)
Intentaremos profundizar en un
recorrido que profundice reflexiones en algunos de estos temas y en
uno de los espacios que los convoca: las instituciones educativas
Dos (a): instituciones
¿educativas?
Nos interesa hacer un ejercicio de
de-construcción de ambos conceptos, para volver a pensarlos
La educación es un fenómeno cultural
propio de la especie humana y existe antes de que se generen
instituciones específicas (Degli´Innocenti, 2002). Es posible
analizarlo entonces en el nivel de hecho en los grupos
humanos más sencillamente organizados, como un proceso de
endoculturación, produciendo subjetividad de acuerdo al ethos
social(E. Dussel; 1977). Supone producción, reproducción y
transformación en diferentes medidas y de acuerdo a las necesidades
de grupos hegemónicos. Supone lazos, cooperación, ayuda,
acompañamiento, por lo menos en teoría o en situaciones saludables.
Asimismo, es posible analizarlo en
el nivel de propósito, una vez que se materializa en
instituciones ad hoc. Se puede decir que históricamente el
fenómeno de la educación tiene un punto de inflexión _siempre con
relación a occidente_ como consecuencia de las revoluciones
burguesas, siendo el paradigma de ellas la Revolución Francesa.
En plena Asamblea Nacional, en el año
1792, se proponen dos proyectos educativos: liberal, el de Condorcet
y radical, el de Lepeletier (J.Delval;1999:19-20).Ambos defienden la
universalización de la educación y el derecho de todos los hombres
a recibirla, con una diferencia. Desde su postura liberal Condorcet
prefiere que no sea obligatoria, así las personas la buscarán por
sus evidentes beneficios. Por su parte, Lepeletier, propone una
educación obligatoria para todos los niños y niñas a costa del
Estado y recibiendo los mismos vestidos y los mismos alimentos.
De este contexto histórico y no sin
opositores,
surge la escuela moderna tal y como la conocemos, con dos propósitos
claros: formar al ciudadano para hacer posible la república, y
formar al trabajador que el incipiente modelo capitalista
necesitaba.
Mas de dos siglos después nos
seguimos preguntando si la escuela cumple su cometido y si es el
mismo hoy; si la educación es igual para todos, qué quiere decir
que sea igual; qué queremos decir cuando hablamos de “fracaso
escolar” o de “educabilidad”. Este último concepto, parecería
distinguir a los alumnos por sus posibilidades (?) de aprender de
acuerdo a los contextos de pertenencia. Parece que Lepeletier ya
había pensado en eso, pero no para legitimarlo!
El concepto ha sido criticado como
una inversión de términos por parte de la escuela (R Baquero; 2002)
que sólo podría educar si el alumno viene con buen ánimo, bien
alimentado, bien dispuesto. Por el contrario, para este autor,
pensar la oferta de la escuela sería el desafío.
Es interesante reflexionar la
propuesta del film respecto a las oportunidades inigualables que
tuvieron, tanto “Labios locos”, como Deedé para trabajar, tener una
familia, amar; también pensamos en Danielle y su enorme deseo de
pintar primero y ser madre luego pero no de tener marido; el caso de
Letta y su pasión por lo embarazos; Therese y su pasión por los
estudios académicos. En cada caso la singularidad de cada uno es
tomada con naturalidad, sin censuras, y la granja _ institución para
nosotros _ ofrece un lugar natural, cálido, de apoyo y comprensión,
al mismo tiempo que de búsqueda desafiante.
El concepto de fracaso escolar ha
sido objeto de una entusiasta revisión que apela a nuevos sentidos.
El primero fue que fracasaba el alumno. Hoy ya podemos abrir ese
concepto a nuevas interpretaciones que nos interpelan y nos desafían
como docentes. G. Frigerio (2006) ofrece la idea poderosa de que
trabajar con chicos supone trabajar sobre nosotros. Creemos que
esta idea resguarda del doble riesgo de naturalizar nuestra tarea y
las instituciones mismas donde la desarrollamos. La invitación es a
realizar preguntas que nos permitan asombrarnos otra vez, asumiendo
de alguna manera la humildad de nuestros conocimientos.
¿Qué hay en ellas, que está ahí,
presente, y no lo vemos? ¿Cómo se resuelve su cotidianidad?
¿Podremos construir desde lo que hay sin que eso signifique negar
todo? ¿Podremos imaginar otras formas sin destruirnos? Porque la
institución somos todos.
La etimología de institución
remite a la norma, aquella que nos hace sujetos, a lo estructurante
de lo humano. Es posible la identidad si alberga la diferenciación y
la singularidad. Por ello la extranjeridad del niño para
la institución, (es un) enigma que debería sostenerse (Frigerio;
2005) en la hospitalidad.
En Memorias de Antonia aparece
esa magnífica capacidad en la protagonista, de recibir al Otro
distinto, con su novedad y sus posibilidades. No hay fracaso en
ninguno y ninguno sigue un camino marcado...al andar se hace
camino, dice el poeta, y Antonia –y por extensión su granja- es
refugio e impulso al mismo tiempo, para ir más lejos, para ir
distinto, también a ritmo distinto. La institución puede ser
entendida como un lugar de encuentro y a este como oportunidad
(Frigerio; 2005). El mismo no se da sin marcas, no hay un sujeto
abstracto, sino un alguien que encontramos desde todas sus huellas,
su biografía, y que resuena en la nuestra, de alguna manera que será
necesario entender y atender:...el tiempo no cura las heridas,
expresa la narradora en el film: el caso de Deedé es paradigmático
aquí, así como el de Sara.
¿Por qué hablamos de la necesidad de
atender y entender a cada Otro desde su alteridad y sus huellas? Tal
vez porque hemos perdido la naturalidad con la que cuenta Antonia;
tal vez porque no le es posible sostenerse a esa naturalidad sin
ayuda, en el territorio institucional que recorta la escuela
ya que las marcas fundacionales son fuertes; sin duda porque hay que
volver a pensar ese espacio, necesario, resultante de necesidades
históricas pero no por ello congeladas.
Los educadores también llevamos
marcas sobre las que deberemos trabajar: las de las tradiciones de
formación de los docentes (Davini, 1997:20) las cuales comienzan a
formarnos, no durante la formación docente, sino desde que asistimos
por primera vez a la escuela. Sólo conociéndolas, pensándolas,
deteniendo la historia en el instante en que relampaguea
(Benjamín,1996) y al lado del máximo peligro, podremos salvarnos de
su “formateo”.
Todo esto no dice que es necesario
trabajar y formarse para ser educador en un sentido innegablemente
más profundo que conocer una parcela de cultura, ¿Lo hacemos? La
práctica pedagógica es política porque impacta sobre la vida
cotidiana de las personas y no debería quedar librada a la suerte de
un encuentro que favorezca o lastime.
Dos (b): el encuentro
El psicoanálisis es una poderosa
invitación para pensar, entre otras cosas, la docencia y el amor de
transferencia desde lo pedagógico. “El amor, … implica un salto a lo
extranjero. El amor implica el encuentro con lo heterogéneo. Lo
mismo, lo propio, no puede producir atracción. … Amar es la
experiencia de haber sido otro” (Barbagelata, 2006: 65-66)
Entendemos transferencia como la
reviviscencia de lazos inconscientes puestos en otro lugar, un
desplazamiento en otra persona (Cáceres Goyos, 1999): La consigna es
no satisfacer la demanda de ese amor (...) No posibilitando la
consumación de ese amor, pero sí permitiendo que éste se despliegue
en palabras (Cáceres Goyos; 1999: 3) N.Barbagelata (2006) ofrece el
ejemplo de Sócrates y su corrimiento frente al amor que le declara
Alcibíades. Entendemos que se corre del lugar del saber, y al
hacerlo ilumina una cara del discípulo. Intentamos pensar el
fenómeno del amor de transferencia para el caso
estudiante-docente, con miras a un desempeño más profesional y
crítico de nuestra tarea.
La escuela es, tal vez, más necesaria
que nunca, y es en su marco _ aunque no solamente_ que se dan las
relaciones pedagógicas. Cuanto más podamos de-construir los roles
que nos han sido legados, para reconstruir desde las necesidades
actuales, más educación podremos poner en acto en el sentido en que
la entendemos.
Es una de las tantas razones por la
que deberíamos volver a pensar los fines para los cuales educamos.
Sin embargo, tradicionalmente el maestro parece tomar el lugar del
saber de la seguridad, de lo previsto. Esto tiene razones históricas
en las que no abundaremos, pero por otra parte, un corrimiento
exagerado de ese lugar por parte del docente, ¿cómo deja a los
alumnos?
El debate pedagogía
tradicional-pedagogía nueva (Saviani, 1983) parece dar cuenta de una
resolución incompleta. Si pensamos que la alienación supone
someterse al ethos cultural, evitarla implica en el mismo
movimiento, integrarse. Para ello la matriz que aloja debe dar
lugar también al Otro nuevo, donde cierta separación deviene
en posibilidad de ir más allá de lo dado. Ambos fenómenos se dan
juntos si hablamos de educación; si sólo se da el primero, es
disciplinamiento; si sólo el segundo, orfandad y desintegración
psíquica.
El diálogo es praxis, porque es
acción y reflexión sobre el mundo para transformarlo. El mundo está
aquí, sólo que es necesario tomar distancia epistemológica para
verlo más... y eso da miedo. El educador debe saberlo (Freire;
1994).
E. Dussel (1997) también trabaja la
idea de educación para la emancipación y piensa al
padre-maestro-estado, como aquella instancia que juega entre límite
y espacio de realización: “Para el pro-genitor y maestro el Otro es
el hijo-discípulo: lo sagrado ante lo cual ningún amor es
suficiente, ninguna esperanza excesiva, ninguna fe adecuada. Para el
hijo-pueblo el Otro es el pro-genitor y maestro: lo anterior,
presencia epifenomenal creadora originaria, a quien se debe el ser
como realidad, y ante el cual el pagar la deuda es metafísicamente
imposible. ¡Los progenitores otorgan el ser como don! El nuevo no
puede responder jamás con la misma moneda. Sólo le cabrá, en su día,
si es su deseo, volcar nuevamente la sobreabundancia en la gratuidad
de la pro-creación nueva, pero dis-tinta, nunca “la misma”, siempre
novedad histórica que impide que el círculo del eterno retorno
ontológico vuelva a imponer su férrea dominación ...” ( Apartado 3,
ver detalles en bibliografía)
Este autor considera que el docente
no es un ser abstracto. Tiene un sexo, una vida, una ideología,
pertenece a una clase, comunidad, un contexto histórico, y no puede
presentarse ante el hijo-alumno-Otro como si tuviera todos los
derechos, y especialmente el derecho sin límite de hacerse obedecer.
Pero tampoco puede presentarse desconociendo la importancia del
lazo. Este parece constituirse de complejas maneras. Nosotros lo
pensamos en relación a la cultura _ no exenta de contradicciones
_ a la que cada recién llegado tiene derecho. Dussel afirma la
necesidad de pensar la tradición negando la noción pasiva de
repetición, imitación: “La tradición es re-creación en su doble
sentido de: crear de nuevo y festejar celebrando el asumir desde la
nada (la libertad del hijo) la historia ya constituida. Ese ir
pasando de exterioridad en exterioridad, de totalidad a alteridad,
discontinuamente, como por saltos, hace de la especie humana una
especie analógica: una especie histórica, no meramente ex -volutiva
y dialéctica, sino propiamente dis-volutiva y analéctica”. (1977:
41-55) Según este autor, la primera tarea del educador es escuchar y
para eso debe guardar silencio frente a lo nuevo: “El auténtico
maestro primero escuchará la palabra objetante, provocante,
interpelante, aún insolente del que quiere ser Otro” (E. Dussel)
Tres: necesidad de otras
preguntas: nuevo desorden
¿Cómo trabajamos para ser educadores
en su acepción más plena o mejor en las múltiples en que puede
construirse en plenitud, sociedades más justas y felices? ¿Cómo
construimos una docencia responsable y crítica de sus actos? ¿Cómo
sostenemos la educación en las instituciones educativas, cuando hay
ausencia de políticas educativas a la altura de las necesidades de
nuestros pueblos? Y a la vez, ¿cómo trabajamos en los ámbitos
sociales correspondientes para demandar aquello que sólo con nuestra
íntima convicción de la importancia de educar, no es posible?
Estas no son preguntas nuevas. Las
reeditamos desde aquí, reconociendo la voz de tantos educadores que
nos antecedieron al formularlas. Lo trágico es la falta de
respuestas y la agudeza de los problemas que rodean a niños y
jóvenes hoy:
Otra vez el arte, con su inefable
manera de tocar los hilos más íntimos y esta vez a través de
Memorias de Antonia, nos provoca y devuelve de distinta
manera, a la arena de la reflexión pedagógica.
Los educadores tenemos mucho que
hacer en estos sentidos, aunque en los ámbitos académicos todavía
estamos lejos de aceptar que es necesario y urgente pensar,
trabajar, discutir, formarnos en infinitamente más sentidos que el
de reproducir un fragmento de ciencia.
La educación tiene algo de sublime y
la sublimación es transformación. El pasaje de la heteronomía a la
autonomía a través de la acción cultural es una tarea de todos:
padres, maestros, instituciones sociales, religiosas, políticas,
está claro.
Pero los educadores, tenemos ámbitos
de formación y de trabajo que es necesario volver a pensar abriendo
los horizontes de significación (Zemelman, 1992) y saliéndonos del
pensamiento parametral para adentrarnos en el categorial. Esto que
se dice rápido lleva tiempo, esfuerzo, compromiso, conciencia,
paciencia.
Bibliografía
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(comps): Educar: Figuras y efectos del amor, Del Estante
Editorial, Buenos Aires, 2006
BENJAMÍN, Walter, Sobre el concepto de historia,
en La dialéctica en suspenso, Ed. Arcis Lom, Chile.
BRUNER, Jerome. La educación, puerta de la
cultura, Visor 1999 (1997), Madrid
CÁCERES Goyos, L: “La transferencia y sus destinos”,
Revista Acheronta, Nº10, diciembre 1999.
DAVINI, María., La formación docente en cuestión:
política y pedagogía, 1997 (1995), Buenos Aires.
DUSSEL, Enrique, Obras filosóficas, Apartado
3: La pedagógica latinoamericana(:41 a 55)en:
http/www.crefal.edu.mx/bibliotecadigital
FREIRE, Paulo, Pedagogía del oprimido, SXXI
2000, México.
FRIGERIO, Graciela.- DIKER, Gabriela.(comps.),
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FRIGERIO, G., Seminario Instituciones Educativas,
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MEREA C., Familia, psicoanálisis y sociedad,
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PICHON RIVIERE, E, Psicología social y crítica de
la vida cotidiana, 1985 (mimeo)
SANJURJO, O. y VERA, M, Aprendizaje
significativo y enseñanza en los niveles medio y superior, 1998
(1994), Homo Sapiens, Rosario.
ZEMELMAN, H., Los horizontes de la razón: Uso
crítico de la teoría I; Historia y necesidad de utopía II, El
colegio de México, Ed.Anthropos, 1992, España.
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