La Ley: Tragedia y Comedia Entre Los Hombres
¿Anticipaciones Del Arte?
por Raquel Rivero
Introducción
La invitación para volver a
Shakespeare (1564- 1616) después de tantos años, vino desde el film
que recrea una de sus obras: El mercader de Venecia.
Recordé a George Steiner(1991, p. 14)
y fui a buscar sus propias palabras:
...la apuesta a favor
del significado, a favor del potencial de
percepción y respuesta cuando una voz humana se dirige a otra,
cuando nos enfrentamos al texto, la obra de arte o la pieza
musical, es decir, cuando encontramos al otro en su condición de
libertad, es una apuesta a favor de la trascendencia.
Mi primer contacto con el autor fue
en la secundaria, desde otro lugar, otra experiencia, otros
intereses, y luego aislados encuentros a través del cine y del
teatro.
Esta propuesta renueva el interés
nunca abandonado del todo, de acercarme a alguna comprensión de
nuestra condición humana desde la obra de arte.
Camino desafiante y conmovedor si los
hay, tiene la virtud de remover nuestras más profundas interrogantes
y la fragilidad de uno que otro intento de respuesta construido
trabajosamente.
El propósito de este escrito, es
considerar la ley como una de las formas modernas a través de
las cuales los hombres intentan organizarse.
Lo haré a la luz de dos momentos
de producción artística: la lectura directa de El mercader de
Venecia de William Shakespeare (1598) y otra suerte de
lectura, pero de la adaptación cinematográfica de la obra llevada a
efecto por el guionista y director Michael Radford :The Merchant
of Venice, 2004.
Intentaré dar cuenta de los
diferentes impactos que producciones separadas por siglos pueden
generar.
También de las permanencias.
Cabe una precisión: no intentaré
hacer crítica literaria ni cinematográfica; si lo que escribo se le
parece será un error involuntario.
Trabajaré simplemente desde mi
experiencia y formación como educadora y aprendiz, cumpliendo con
una apuesta personal de crecimiento en mi tarea educadora.
UNO
Lo que nos sugiere el artista
El mercader de Venecia
aparece en la edición trabajada (1948) como comedia dramática. He
leído algunos comentarios que indican que el autor la consideró una
comedia, y también que algunos críticos la incluyen en la categoría
mixta de tragicomedia.
¿Cuáles son las diferencias entre
comedia y tragedia?
Hegel plantea en el tomo VIII de la
Estética (E.Rinesi; 2006) que esto depende de los núcleos de
identificación. Una narración es trágica cuando termina mal desde el
punto de vista de todos los personajes principales con los que uno
fácilmente se identifica. Una comedia es lo contrario.
¿Con quiénes nos identificamos al
leer esta obra? He aquí el nudo que organizará todo nuestro trabajo.
A mi criterio – y con todo el riesgo
que esto supone para un lego – nos identificamos con Antonio, el
cristiano, el que por amor se pone en riesgo, el que resulta víctima
explícita por exponerse a perder su vida, el que salva a todos sus
amigos, el hombre triste que no duda en ayudar a los que lo
necesitan.
En la apariencia es la víctima... y
tal vez lo sea en un sentido distinto, pero no es la única víctima.
Esto sí no parecería tan claro en una primera lectura de la obra,
no es tan explícito.
El judío,
así llamado por Shakespeare en muchas oportunidades, no aparece
triste, ni débil, ni ayudando a nadie. Aparece trabajando en algo
que no gusta, pero se utiliza todo lo que se puede en una sociedad
que no asume sus contradicciones.
Desde mi lectura no especializada,
percibo el planteo de una situación casi ridícula o por lo menos
increíble, en la que alguien acepta pagar una deuda con una parte de
su propio cuerpo, vencido el plazo de la misma.
Esto ya es dramático, pero el drama
se anuncia antes de esta situación concreta y será retomado,
en momentos potentes y breves, en medio de una trama que actúa como
bruma, sin que podamos ver hasta el final toda su crudeza.
Con antes, me refiero al
comienzo de la obra del gran dramaturgo, cuando el mercader Antonio,
quien da nombre a la obra, manifiesta su tristeza “sin causa”.
¿Estaría anunciando algo?
De la conversación con sus amigos
surge una suerte de “sin-sentido” de la vida, de su vida,
confirmada por la percepción de la misma como un teatro con papeles
predeterminados.
El suyo también ya está: el de estar
triste.
En esto percibo ya lo trágico,
asumido, imposible de cambiar; ¿destino que va a cumplir?
Al final de la obra su lugar de
soledad es el mismo.
Este personaje se vinculará con otro,
que es Sylock.
Se trata de un ser profundamente
despreciado por su condición de judío. Esto responde a un clima de
época en la Venecia renacentista (Najenson, 2001; Astrana Marín;
Gamerro, 2005), y Antonio parecería representar ese odio, además de
otras complejidades del personaje.
Pero la denuncia de su odio aparece
con claridad a través de Sylock, en el momento en que Antonio
necesita de sus servicios de prestamista, y este último le recuerda
cómo lo ha insultado y despreciado, por hacer justamente lo que
ahora le pide que haga: un préstamo a interés.
Los sentimientos de odio de Sylock
apenas ve que se acerca Antonio, no dan lugar a dudas:
¡Ah! Si algún día
llega a caer en mis manos, descargaré sobre él todo el odio que
le tengo hace mucho tiempo. Desprecia nuestra santa religión y
hasta en el sitio donde se reúnen los negociantes se burla de
mí, de mi comercio y de mis legítimos lucros, que se atreve a
calificar de usura. ¡Caiga la maldición sobre mi tribu si llego
algún día a perdonarle! (Shakeaspeare; 1948: 756)
Es casi increíble el acuerdo que
realizan luego de esto y de que Sylock espete a su cara todo lo que
lo ha maltratado:
...siempre he
soportado esos ultrajes con paciencia, porque la paciencia es el
carácter distintivo de mi raza...
Ahora, por lo que veo,
puedo seros útil y venís a buscarme, y me decís “Sylock,
quisiéramos dinero” ¡Y me lo decís vos, que me habéis escupido a
la cara y me habéis rechazado con el pie como se arroja a un
perro sarnoso! (Shakeaspeare;1948: 758)
Denuncia y anuncio de algo trágico a
lo que van los dos, con los ojos bien abiertos: Antonio, sabiendo el
odio que ha engendrado en el judío; Sylock sabiendo que él no
tiene amparo en una sociedad regulada por cristianos.
¿Lo sabe?. ¿Presume acaso que la ley
veneciana lo ampara?
En su brillante defensa en la corte,
cuando reclama que se cumpla lo acordado, parece estar seguro de que
si no es respetado el acuerdo, caerá la desgracia sobre el Estado:
el desorden, la ambivalencia
Se le escapa nada menos que el
sentido de las palabras, la interpretación de la que hará gala el
joven abogado – Porcia, en los personajes – para destruir su plan.
¿Quién dice qué significan las
palabras?
Son decisiones políticas y éticas que
no cabe a todos, aunque debiera!
DOS
¿De las relaciones naturales a las
relaciones jurídicas?
Una posible lectura de esta obra
ayuda a pensar la esencia contradictoria e inacabada de un tipo
particular de construcción humana: la ley.
Resulta una forma de resolución
cultural, entre otras, a través de la cual los seres humanos
buscamos amparo... y a veces, lo encontramos.
La cuestión del miedo a la pérdida de
posesiones o en el límite, de la propia vida en manos de otros, ha
sido trabajada largamente por filósofos y teóricos en general.
En el mismo siglo en que escribe
Shakespeare pero cincuenta años después, Thomas Hobbes escribirá en
el Leviatán (1651) acerca de las causas por las que los
hombres necesitan un Estado que limite sus naturales pasiones:
La causa final, fin o
designio de los hombres (que naturalmente aman la libertad y el
dominio sobre los demás) al introducir esta restricción sobre sí
mismos (en la que los vemos vivir formando Estados) es el
cuidado de su propia conservación y, por añadidura, el logro de
una vida más armónica, es decir, el deseo de abandonar esa
miserable condición de guerra que, tal como hemos manifestado,
es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los
hombres, cuando no existe poder visible que los tenga a raya y
los sujete, por temor al castigo, a la realización de sus pactos
y a la observancia de la leyes... (Hobbes, 2000)
En el estado de naturaleza los
hombres se pelean entre sí, las palabras no tienen significados
únicos, existe ambivalencia, inseguridad. En el contrato se
legitima un orden: alguien dice – el Leviatán – cómo deben hacerse
las cosas, y preservar bienes y vidas.
La obra de Shakespeare nos saca
hoy de ese optimismo hobbesiano(!) respecto al contrato.
Podría decirse que el autor se
adelanta históricamente a través de su producción artística, al
problema que Hobbes teorizará luego.
La hipótesis de que el arte anticipa,
intuye, problemas, conflictos, así como formas de resolución
referidas a diversas situaciones humanas, ha sido sostenida
reiteradamente en la historia – y a nuestro criterio – tiene una
enorme potencia filosófica.
Volviendo a Hobbes, hoy existen no
pocas lecturas escépticas acerca de las soluciones propuestas, por
él y por tantos otros, como Locke, Rousseau y quienes trabajaron
luego inspirados en ellos o contra ellos, que de última es también
una manera de inspirarse.
Siempre habrá quienes queden fuera
del contrato; los estilos de discriminación son múltiples y los
seres humanos nos hemos ingeniado muy bien históricamente para
multiplicarlos.
El film, más de quinientos años
después de escrita la obra, muestra más lo implícito, lo que en la
lectura de la obra aparece velado o por detrás de una cotidianidad
que no es objeto de crítica explícita.
Es imposible hoy (?) reírse de Sylock
cuando el jurado lo humilla sin piedad y sin medida.
La farsa de Porcia y el argumento que
destruye el proyecto de venganza del judío, mientras en la lectura
de la obra causa sorpresa y curiosidad, en el film causa horror:
El convenio te
concede solamente una libra de carne; pero no te concede una
sola gota de sangre. Toma, pues, lo que te concede tu convenio,
toma la libra de carne; pero si al cortarla viertes una sola
gota de sangre cristiana, tus bienes, según la ley de
Venecia, serán confiscados en beneficio del Estado (:803) (El
subrayado es nuestro)
Incluso eso luego no alcanzará, será
necesario sacarle todo, hasta la identidad!...y dejarlo con vida.
Algunas ideas para seguir pensando
La ley, la justicia, en abstracto, no
existen.
Consideramos que remiten siempre a un
tiempo, a un lugar, y a un conjunto de personas de las cuales
algunas participan en su elaboración, otras en su interpretación –
además o solamente – , y otras, en su obediencia.
Aquí se instala para nosotros la
tragedia de la política.
En el S XVI – pleno renacimiento
italiano – Maquiavelo ya plantea en El príncipe que la vida
política es trágica.
Sin embargo, ese carácter es
incompatible con una visión racionalista, propia de la modernidad.
A esta se entra por dos puertas; la
teoría política de la acción (Maquiavelo) y la teoría política de
las instituciones(Hobbes).
Desde Maquiavelo la pregunta es ¿cómo
lidiar con la fortuna (virtud)?. No existe seguridad plena de las
acciones, por mejor plan que se haya puesto en juego. ¿Es eficaz
actuar contra la fortuna sabiendo que no hay garantías? Sylock
parece representar ese afán de adentrarse en lo más profundo de la
historia, de su historia, y arriesgar la vida en la total soledad.
A partir del SXVII se necesita un
“alguien” que diga el significado de las palabras, que legitime los
hechos. Aquí entra Hobbes y la teoría de las instituciones como
garantía del orden y la armonía.
En medio, produce Shakespeare, y
ofrece a la humanidad un objeto estético de exquisita sencillez y
hondura, que sigue hablándonos... y tal vez, preservándonos de
nosotros mismos!
El carácter trágico de la política se
continúa en la tragedia como género, aún cuando los hombres no lo
conciban para un mundo racional, ordenado, predecible, controlado.
Hoy tenemos muchas dudas acerca de
que hayamos podido dar lugar a tal mundo.
El film tiene condiciones de
producción diferentes en medio de las cuales parece necesario
explicitar más todo lo miserables que podemos llegar a ser, o todo
lo injustos, que de última es lo mismo.
En nombre de la justicia, de la
libertad y del honor, se pueden cometer los atropellos más grandes
contra los otros, aquellos que no participan del amparo
institucional, lo cual es, en esta instancia, sinónimo de ley.
Sylock es judío. El comienzo del film
es claro respecto a la discriminación y maltrato del que era objeto
su tribu.
Sostenemos una vez más, que las
modalidades de discriminación se han multiplicado y/o profundizado a
lo largo y ancho de los siglos.
¿Nos ampara la ley?
Sostenemos que trabajando
históricamente podemos afirmar que depende de las interpretaciones.
Otra vez, ¿quién da el significado
último de las palabras?
¿En nombre de qué religión,
ideología, culto?
Ejemplos de no amparo tenemos muchos,
pero con tomar sólo el S XX hay suficiente.
Dos (?) guerras mundiales que no
decidieron los que fueron a los frentes de batalla, ni sus hijos,
persecuciones, asesinatos y exilios, siempre ideológicos; la
prepotencia del más fuerte, la miseria y el hambre, en paralelo a
los avances más impresionantes de la ciencia y la tecnología, y
tanto más!
Todo ello habla de barbarie y no de
civilización y contrato.
Walter Benjamín (1973) plantea que en
toda expresión de cultura, anida la barbarie.
No nos salva la cultura, ninguna
producción cultural por sí misma.
La reflexión ética parece
imprescindible, y muchas veces, lamentablemente, se encuentra en
retirada.
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