El Primer Congreso Nacional
de los Movimientos Democráticos
Por un País Diferente, a la Medida de su Historia
[Traducción
Lúcia Skromov]
Eran más de 800. Llegaron de todos los rincones del país. Todos, en
representación de todas
las organizaciones, la mayoría, recién creadas. Todos sueñan con
el cambio. Cambio para ellos mismos. Cambio para los demás. Cambio
para todos. Porque todos saben
que este país, antes de todo, es de ellos. Todos ellos saben que
este país no puede seguir funcionando de esta manera. Que el hambre,
el analfabetismo, los dormitorios a cielo raso no son admisibles.
Que los balseros, los boat-people,
los braceros junto con nosotros formamos parte también de este
pueblo que ostenta con orgullo (o con vergüenza) la ciudadanía
haitiana. Que no hay nobleza alguna en ser dependiente de la
asistencia internacional. Saben también que este país puede
funcionar de otro modo. Por sus propios medios. Porque
ellos no creen en la fatalidad. Porque también ellos se recuerdan. Ellos
se recuerdan que sus padres habían cambiado la faz del mundo. Ah!
Eso hace ya mucho tiempo; fue en 1791, fue en 1804. Todo el mundo
gritó que fue un milagro. Pero otros, otras gentes, otros pueblos
se aprovecharon de aquel milagro para probar el sabor de la sal
de la libertad.
Este
pueblo que había inventado la lucha contra la esclavitud, contra el
colonialismo, contra la explotación, contra el racismo, y cuyo
nombre era sinónimo de todas las clases de libertades y de todas
las clases de humanismos.
De todas las libertades y de todos los humanismos que otros se
apropiaron, celebraron, proclamaron.
Este pueblo que hoy debería ser el líder del Tercero Mundismo.
Sin
embargo, es este pueblo que hoy está siendo enviado como esclavo a
la República Dominicana, en nombre de lo cual se vendió petróleo
a la África del Sur del apartheid,
a quien se le da mil platos multiformes para como mendigos recibir
el trigo, el pan y la limosna de algún dinero.
Sin
embargo es este pueblo que se encuentra nuevamente encadenado.
Y
quieren todavía hacer tragar a este mismo pueblo eminentemente
creativo que no hay salida fuera de las maquiladoras, de la
asistencia extranjera y de las notas buenas del FMI.
Entonces,
firmes en la convicción de que este país puede funcionar de otra
manera, que todos nosotros estamos interesados por lo que pasa,
incluyendo las «elites», sabiendo que nos compete a nosotros
Haitianos hacer los cambios necesarios – nadie podrá hacerlos en
nuestro lugar –, ellos se reunieron en «Congreso de los
Movimientos Democráticos».
Fuezas
Democráticas de mi país, Saludos!
Llegaron
de todas partes. Son de Fort-Liberté, de Jérèmie, de Savanette,
de Bahon, de Moron, de Liancourt, de Thomassique, de Maugé etc.
Pero también de Montreal. Dime ¿puede usted ubicar todos estos
lugares sin mapa geográfico anotado?
Campesinos,
obreros, intelectuales, comerciantes, industriales, artesanos, curas
católicos, protestantes, oficiantes del vudú. Eran más de 800.
Más
de 800 delegados perteneciendo a 284 organizaciones diferentes
repartidas en todo el país. Todos portadores de inquietudes, de
preocupaciones, de cuestionamientos.. Pero también de visiones de
futuro, de sueños, de proyectos de sociedad. Ellos nunca jamás (o
casi) se habían encontrado antes. Alguien decía «onga dos
haitianos juntos y ellos van a fundar tres partidos políticos.»
Entonces,
ellos discutieron durante cuatro 4 días y llegaron a un acuerdo.
Sobre un nuevo proyecto de sociedad.
En
la inauguración, se vieron curas católicos sentándose y
celebrando al lado de pastores protestantes. Con el mismo fervor. Y
un respeto recíproco del uno para con el otro. Invocando el mismo
Dios, cada uno según sus rituales. Por la misma causa: la del
cambio en tierra
haitiana. ¿Usted se recuerda del
tiempo en que una inocente visita a un templo protestante podía
valerle la excomunión al fiel católico?
Pero
y si le digo que, en el mismo contexto, y en el mismo lugar, ya había
ocurrido la celebración de un «hougan» (padre de santería) del
vudú. Celebrando sin complejo y con toda la dignidad que es propia..
Llamando sobre nosotros todas las bendiciones de todos los espíritus
de la Madre África, con el mismo ardor de sus
predecesores cristianos.
Manno
Ambroise, emocionado hasta las lágrimas, no pudo impedirse
recordar de aquel tiempo en que Jean Brierre, inspector de
escuelas en Jacmel, se atrajo la animosidad de la buena Sociedad
Jacmeliana por haber, en un discurso pronunciado en uno 18 de mayo,
reclamado la entrada
del tambor cónico en
las escuelas.
En
verdad yo les digo: algo cosa está cambiando en la tierra de
Haití-Thomas.
¿Entusiasmo
excesivo o prematuro? Ayiti es tierra resbalosa, dicen
los escépticos. Es verdad y eso ya se sabe.
Pero,
para mí, convicto haitiano de 30 años, por haber vivido en Haití
durante estos últimos treinta años, ya es importante el hecho de
poder reunir Haitianos provenientes de horizontes tan diversos,
haitianos que aceptaron sentarse juntos durante 4 días, para hablar
del país, para discutir proyectos de sociedad, organización de la
producción, de la Independencia Nacional, de la Nación a ser
consolidada y todo un país a reconstruir.
Además,
se sabe que llegaron a una resolución. Se trata de una sociedad
donde todos tienen que tener lo que comer de acuerdo a sus
necesidades, donde todos los niños van a la escuela, donde la
tierra pertenece a quienes la trabajan, donde el obrero tiene
derechos, donde podamos valorar en nuestro propio beneficio los
recursos humanos y naturales, donde nosotros dejamos de ser más
proveedores de balseros y de braceros.
Para
ser una sociedad de hombres, libre de la intolerancia, de la
injusticia, de la dependencia...
Soñador,
¿me dirá usted?
Acaso,
¿no sueña usted también con lo mismo?
Fritz
Deshommes, el 4 de febrero de 1987