Mucho se habla de las nuevas tecnologías de la información
y comunicación (TICs), pero no siempre se lo hace con
seriedad y precisión. El texto de Bianchetti –profesor
brasileño autor de varios libros previos- busca escapar
a la doble presión de “tecnófilos” y “tecnófobos”. Así,
asume con claridad que cualquiera sea la nostalgia que
se tenga del pasado, este no ha de volver, y las nuevas
tecnologías son una realidad que ha llegado para permanecer.
Pero ello no lo lleva a hacer la apología de tal situación:
tomando distancia de los “gurús” que hablan con soltura
de “sociedad del conocimiento” (Negroponte, Drucker),
nuestro autor deja claro que no estamos ante la anterior
forma de capitalismo, pero que la sociedad actual no
ha dejado de ser capitalista, y que por ello, junto
a los factores de cambio se dan también aquellos de
permanencia en cuanto a la posición hegemónica del capital
en relación con la fuerza de trabajo.
El libro remite a la tesis de doctorado del autor,
realizada por vía de una detallada pesquisa empírica
en la empresa “Telecomunicacoes de Santa Catarina S.A”,
por entonces empresa de propiedad estatal. Ello colabora
quizá al estilo mesurado de la exposición, la cual es
considerablemente analítica, y –manteniendo una posición
crítica permanente- escapa a todo tono puramente denunciativo.
El texto es, por tanto, meticuloso en su base de información
tanto como en la exposición. Vamos así accediendo a
la discusión de qué nuevo tipo de sociedad habitamos.
La descomposición y recomposición de las nociones de
espacio y tiempo resultan fundamentales, tanto como
el predominio de lo simbólico y lo virtual, en una gradual
des-materialización de las relaciones de los sujetos
con el mundo, y de ellos entre sí. Esta interpretación
coincide con las que encontramos en autores como F.Jameson
o G.Yúdice, quienes advierten que la nueva forma de
la acumulación implica al conocimiento y lo simbólico-cultural
como un elemento determinante.
Por supuesto, no se trata de que “todo” el conocimiento
participe de esta condición, sino sólo aquel que sea
reconvertible como valor agregado a las nuevas tecnologías.
De modo que no estamos ante una especie de caída de
la importancia del capital, sino más bien en una reconfiguración
de su funcionamiento, en momentos en que el capital
financiero toma la delantera, y el proceso de simbolización
es decisivo para inducir el consumo.
En un segundo momento, el libro se explaya sobre la
historia de los medios de comunicación. Es así que se
nos relata el comienzo de la telefonía para desplazar
al telégrafo, con referencia a una serie cuidada de
detalles técnicos. Se señala cómo el cable-coaxil en
su momento multiplicó las posibilidades de transmisión,
así como lo ha hecho últimamente la fibra óptica, reemplazando
abruptamente al cobre. Finalmente, se llega a la oposición
(que el autor busca proponer como no-dicotómica) entre
tecnologías analógica y digital, siendo esta última
el fruto de la asociación de las telecomunicaciones
con la computación, las cuales se han fundido en lo
que hoy es la telemática.
Si bien se marcha hacia una superación de la oposición
de los dos tipos de tecnología, por ahora lo que predomina
en la empresa es la tecnología digital, mientras la
mayoría de los trabajadores se ha formado en la analógica.
Esto marca las enormes dificultades que el personal
tiene para hacer su readecuación a las nuevas condiciones
y exigencias.
La tecnología analógica era más antropomórfica, y
requería la acción corporal directa por parte de los
trabajadores. Estos podían poner allí su “savoir faire”
previo, arreglar problemas nuevos con imaginación y
creatividad. En cambio, la tecnología digital carece
de relación isomorfa entre la operación a realizar y
el problema material: se virtualiza tal relación, y
la posibilidad de operar a partir de saberes previos
se vuelve muy limitada. Por ello el trabajador se siente
menos valorado, y advierte –con certidumbre- que es
más fácilmente intercambiable.
Es por esto que hay posiciones poco claras entre los
interrogados en la investigación, acerca de si los saberes
previos sobre tecnología analógica son útiles para aprender
la tecnología digital. Muchos creen que la primera es
un problema, sobre todo los jóvenes ingenieros y gerentes,
que hacen una unilateral apología de lo digital. Para
ellos, el discurso oficializado funciona: estas son
tecnologías que favorecen el trabajo grupal, mejoran
la iniciativa y dan tiempo libre para el ejercicio del
pensamiento y la imaginación creadora. La realidad pesquisada
por Bianchetti muestra facetas menos brillantes: en
los hechos, los trabajadores pueden influir poco en
el proceso maquínico, y por ello sienten que el trabajo
con tecnología digital es “una rutina”.
Esa rutina se establece frente a la “caja negra” que
tiene objetivados los saberes, y que no los expone a
la mirada de aquel que maneja la computadora. De tal
modo, esta se vuelve ajena, y la alienación
de la que Marx hablaba en el proceso de trabajo, encuentra
una nueva vuelta de tuerca en su profundización y ejercicio.
A su vez, es muy interesante la discusión que el autor
despliega en torno a la cuestión de cómo se apropia
la empresa de los “saberes tácitos” de los trabajadores.
Las modalidades actuales de vigilancia sobre el trabajo
por vía de pantallas, llevan a que los sujetos pierdan
todo ritmo humano en su desempeño, debiendo adecuarse
a un tiempo de exigencia externa regulado por el nuevo
panóptico. Además,
todas las operaciones que haga el trabajador quedan
registradas en la máquina, de modo que los errores no
pueden pasar desapercibidos, lo cual aumenta la vulnerabilidad
de la posición de los trabajadores.
En cuanto a los “saberes tácitos”, es uno de los aspectos
habitualmente más escondidos acerca de las nuevas tecnologías,
que Bianchetti muestra con claridad. La situación –él
nos dice- es como la del dilema fatal de la Esfinge:
hagas lo que hagas, igual serás comido. Si el operario
no sabe responder a una situación problemática resolviéndola
a partir de sus saberes previos, se lo tendrá por incapaz.
Si sabe resolverlo, rápidamente la empresa “absorberá”
este nuevo saber, buscará codificarlo, y finalmente
–en lo posible- objetivarlo dentro de los mecanismos
incorporados a la tecnología misma. Cuando así se hace,
el operario pierde toda propiedad sobre su saber, pero
a la vez se hace menos necesario, ya que la máquina
puede hacer lo que antes él hacía. Por tanto, responder
positivamente es también una forma de tender hacia la
posibilidad de hacerse prescindible.
La debilidad para la organización sindical de los
trabajadores es una de las consecuencias que el autor
muestra que se siguen de las nuevas condiciones. La
tendencia a producir competencia y no cooperación se
vuelve inmanente a esta situación de vulnerabilidad
de los operarios, la cual se incrementa con las propuestas
liberales de flexibilización
laboral.
Bianchetti distingue al comienzo del libro entre “información”
y “conocimiento”, mostrando que no son lo mismo, y que
las TICs pueden
favorecer el acceso a la primera, sin –por el contrario-
hacerlo a lo segundo. Aquí se abre un amplio campo de
problemática, propiamente epistemológico, ligado a lo
señalado en el libro más adelante, en cuanto la tecnología
digital es más abstracta y no reproduce la forma de
los objetos materiales,
alejándose por ello de las representaciones cotidianas
del trabajador.
Esto nos lleva a pensar en las tesis de Trabajo
manual y trabajo intelectual, del alemán Alfred
Sohn Rethel, autor marxista ya fallecido, y que tuviera
influencia de Lukács y de la Escuela de Frankfurt. El
se refería al avance de la ciencia como avance de la
abstracción; y a su vez, la abstracción conceptual sería
forma teórica de
la “abstracción real”, de las relaciones sociales abstractas
a que la mercancía somete a los sujetos. Bianchetti
constata en su libro un avance cualitativo en la abstracción
real, aquí no sólo en el proceso de circulación, sino
en el de producción (tecnológicamente mediado). Ello
lleva a los trabajadores más lejos del dominio de su
concreto proceso de actividad, a la vez que la ciencia
pasa a jugar –en tanto motor de los cambios tecnológicos-
como aquello que es abstracto por sí mismo, a la vez
que produce abstracción. Podríamos nosotros asociar
a la idea bachelardiana de la ciencia como producida
“contra los datos”, en contra de las representaciones
cotidianas y de sentido común. En este proceso de complejización
de la ciencia y de su objetivación tecnológica, los
trabajadores quedan aún más despojados del saber conceptual,
tanto como de aquel propiamente operativo.
Finalmente, el libro nos lleva a la cuestión de las
empresas como nuevas proveedoras de calificación, a
través de entrenamientos breves, mientras ya no tienen
en cuenta las titulaciones escolares como decisivas
para contratar operarios. El discurso sobre la relación
escuela-empresa o Universidad-empresa no es nuevo, se
nos indica, pero nunca alcanzó tanto peso como en la
actualidad: es decir que, además de desplazar a la escuela
de su lugar tutelar, se intenta subordinarla a las demandas
de las empresas más poderosas.
Claro que ahora se requiere de “generalistas”. Dado
que en la tecnología analógica se preparaba para un
puesto específico, allí la especialización resultaba
imprescindible. Pero con las tecnologías digitales,
lo que de específico pueda haber en un puesto puede
aprenderse rápidamente por vía de un entrenamiento breve.
Por ello, se está solicitando a las escuelas formar
en “competencias”, principalmente actitudinales y comportamentales:
se trata de que el trabajador tenga responsabilidad,
disciplina, creatividad, etc., aspectos de la personalidad
que no son pasibles de promover con entrenamientos cortos
provistos por la misma empresa.
Aquí aparece una fuerte discusión presente en la bibliografía
contemporánea acerca de la relación que debieran guardar
escuela y empresa. Por una parte, tenemos la tenaz ofensiva
empresarial por apropiarse de la educación y ponerla
a su exclusivo servicio: según ellos, la escuela debiera
formar para aquello que “los puestos de trabajo” exigen
(de acuerdo a lo que la irracionalidad capitalista realmente
existente establece). Del otro, hay una actitud que
Bianchetti llama “defensiva” en la cultura académica,
que propone algo así como un reforzamiento de la distancia
entre escuela y empresa, de modo de no subordinar la
primera a la segunda.
Compartimos la solución a que apunta el autor, aunque
quizá no la expone con mucho detalle: la
escuela no puede someterse a la empresa, pero tampoco
puede ignorarla. Lo educativo no es sólo preparación
para el trabajo: también es ciudadanización, formación
de valores, conocimientos de cultura básica, acceso
al legado cultural de las generaciones anteriores. Pero
sin duda, también
implica preparación para el trabajo.
Es cierto que no puede pretenderse que la escuela
reproduzca en su propio seno las características de
lo que se habrá de aprender –necesariamente- en la empresa
y en el puesto concreto de trabajo. Muchas de las críticas
a la escuela en este sentido resultan equívocas, dado
que suponen que se debiera llegar a la empresa con todas
las habilidades que el puesto requiere, cuando en realidad
los puestos posibles a los que puede aspirarse desde
una titulación son variados, múltiples, y por ello es
imposible preparar previamente para todos ellos (y sería,
por cierto, muy antieconómico para los mismos estudiantes).
Pero el aparato escolar, sin
subordinarse en la toma de decisiones, debe consultar
a los actores de la vida empresaria, y debe proponer
adecuaciones de sus planes de estudio a las posibilidades
laborales. Por supuesto, la escuela no responde mecánicamente
a la demanda del empresariado, sino que hace una elaboración
conceptual de tal demanda. Por lo tanto, puede advertir
que hay que fortalecer alguna profesión que no está
siendo demandada pero es socialmente necesaria, por
ejemplo. Pero sin duda que sería suicida ignorar las
condiciones del mercado laboral a la hora de hacer un
necesario planeamiento de la actividad de escuelas de
formación profesional, tanto como de universidades.
Bianchetti nos permite un detallado acceso al interior
de la empresa, ese mundo que los académicos solemos
desconocer, instalados en una cultura diferente. Y lo
hace atendiendo a la peculiaridad del vértigo temporal
en que nos instalan las nuevas tecnologías. Sin duda,
apunta a una dimensión central de nuestra experiencia
del presente, y es un aporte valioso a reprensar cómo
nos situamos frente a él.